miércoles, 29 de agosto de 2012

Cuento: El viejo pescador



En algún pueblo pesquero.

La noche duró lo que tarda en llegar la mañana, lentamente el sol acaricia el rostro del viejo pescador, arrebatándolo lentamente de su letargo. Bosteza, sacude su cabeza para espantar el sueño que aún conserva. Se levanta. Con movimientos seguros y firmes el viejo se viste, descubre un nuevo agujero en su pantalón, —más tarde lo remendaré—, piensa mientras se coloca las viejas y cansadas botas. Sale al exterior y frente a él se encuentra el muchacho que le trae los camarones prometidos el día anterior. Los ojos del joven piden una vez más al viejo pescador que le permita acompañarle, pero éste con un movimiento de cabeza, señalando el bote del muchacho, lo hace desistir. Se despiden silenciosamente de forma afectuosa y se desean suerte mutuamente. El joven pescador se dirige a su bote y el viejo hace lo propio. Al llegar contempla aquella  maltrecha embarcación, mudo testigo de victorias y amargas tristezas, no era sólo un bote, era ya parte de él, como un brazo o una pierna más. Sube a bordo, guarda los camarones y mientras termina los últimos preparativos para zarpar, contempla el cielo, el sol es radiante, una suave brisa acaricia su piel y el olor a mar le llena los pulmones.
Cuando sale a la mar no puede dejar de pensar en los últimos meses, en los días enteros de mala suerte que había pasado sin un solo pez capturado, era demasiado tiempo. No había muerto de hambre sólo porque sus amigos y conocidos le proporcionaban comida, esto le molestaba, nunca le había agradado provocar lastima, la humillación le dolía aún más que el hambre.
Arroja su red al agua y comienza a masticar algunos camarones para entretener el hambre. Ser pescador requiere de mucha paciencia, esto lo sabía muy bien, fue la primera cosa que aprendió cuando inició en este oficio. Mientras espera, comienza a recordar sus días de infancia, aquellos días en los que se enamoró del mar, esos fueron buenos tiempos, el pescado abundaba y todos podían vivir muy bien, pero esto se acabó cuando los grandes barcos llegaron, después de eso, todo comenzó a ir mal.
Un repentino viento le arranca sus pensamientos, las aguas debajo de él comienzan a alborotarse, el pescador conoce muy bien el mar, sabe que una gran tormenta se aproxima, una como nunca la ha visto antes. Aún no ha pescado nada, pero piensa que no vale la pena arriesgarse y decide regresar al puerto. Se consuela diciendo —un día más de mala suerte no mata a nadie—.
La tormenta cobra fuerza y se vuelve más violenta, el pequeño barco no se hunde gracias a la gran habilidad y pericia del viejo. Esta no era la primera tormenta a la que se enfrentaba y seguramente no sería la última. Se encuentra cercano a la seguridad del puerto cuando un pensamiento atraviesa su mente como un arpón. ¿Su joven amigo habría logrado escapar de la tormenta? Esta interrogante le atormenta, el barco en el que trabaja el muchacho es fuerte y resistente, pero sus tripulantes son inexpertos. Piensa en regresar, en buscar a su amigo, pero la razón le dice que no sea tonto, duda por un instante, toma el timón y gira su bote rumbo a la tormenta. Con valor, y mostrando gran decisión penetra en la furia del mar. Mira por doquier pero sólo ve muros de agua que se azotan y destrozan unos a otros. No se acobarda, sigue en la busca de la única persona que le importa. Desesperado, agotado, está a punto de rendirse, cuando mira en el agua trozos de madera y piezas de metal, en medio de ese caos, puede ver la figura de lo que parece ser un hombre, el cual lucha por no hundirse en las obscuras y violentas aguas. No sin grandes esfuerzos se acerca a él consiguiendo arrebatarlo de una acuosa muerte, en su rostro se asoma la tranquilidad al observar que ese cuerpo húmedo y cansado es el de su amigo. El joven abre los ojos pudiendo ver el rostro de su salvador, esboza una sonrisa por agradecimiento para después vomitar el agua que trae en las entrañas.
Pero el mar es caprichoso, al ver que su víctima le ha sido arrancada, suelta toda su furia en contra de la pequeña embarcación y sus húmedos tripulantes. El joven y el viejo se encuentran desprotegidos, a la deriva, el bote ha sido destruido por completo, no queda un pedazo lo suficientemente grande como para aferrarse a él. El anciano pescador toma al muchacho y con lo que le queda de fuerza lo arrastra hacia sí. Se siente morir, sus músculos se desgarran por el esfuerzo, sus huesos se rompen con los iracundos golpes de mar.

El sol vuelve a brillar, un día más ha llegado, el mar ha apagado su furia. Las gaviotas bailan con la brisa marina, los barcos muestran las cicatrices del día anterior. En la playa un cuerpo se retuerce y despierta a la vida. El joven pescador abre los ojos, aclara sus pensamientos, haciendo un esfuerzo sobrehumano se pone de pie y repara en la ausencia de su amigo y salvador. Grita su nombre hasta que su voz se apaga afónica, otros pescadores se acercan a él y se unen a la búsqueda del viejo.
Una semana después, el joven pescador se encuentra frente al mar, el sol es devorado por él, no hacen falta palabras, el viejo pescador había ofrecido su vida a las aguas para que el joven pudiera vivir. En silencio da las gracias a su amigo y se dirige a casa.