sábado, 29 de septiembre de 2012

viernes, 28 de septiembre de 2012

Algunas palabras sobre Charlie Marlow y La rata gigante de Sumatra



Cuando uno se topa con un titulo como Charlie Marlow y La rata gigante de Sumatra, puede llegar a pensar muchas cosas, pocos pensarían que se trata de una de las últimas aventuras del legendario detective de la calle Baker.  Pero en efecto lo es, o al menos eso es lo que asegura su autor Alberto López Aroca, quien en el pasado ya nos ha deleitado con muy buenas obras como Estudio en esmeralda o Sherlock Holmes y los zombies de Camford (como puede verse, no es necesario ser un Holmes para notar un patrón aquí).
      En cualquier caso, Alberto nos ha obsequiado a través de su blog (ya sea en descarga directa u online) los dos primeros capítulos de su próxima novela. Y bien, tras leerlos sólo puedo decir que promete, y promete mucho. Quizá el inicio no nos diga mucho (quizá), algunos caballeros ingleses de finales del siglo XIX hablando como caballeros ingleses del siglo XIX, pero después de pocas líneas nos topamos con un nombre conocido, Mycroft Holmes (hermano del detective) y a partir de entonces ya podemos comenzar a darnos cuenta de dónde estamos parados (o quizá no).
      Poco después nos topamos con un par de referencias extrañas, el Club Diógenes, y el navío Matilda Briggs (una relación muy sutil aunque interesante con el famoso barco fantasma Mary Celeste, en el que el mismo Conan Doyle mostró interés. En definitiva, la cosa pinta bien). Y justo cuando comenzamos a ansiar saber más, el segundo capitulo llega a su final, dejándonos con algunas dudas: ¿qué es exactamente el Club Diógenes?, ¿en qué consiste el cargamento del Matilda Briggs?, ¿los personajes son realmente lo que creemos que son?, ¿son estas las preguntas adecuadas?
Sólo el tiempo lo dirá, mientras tanto no le pierdan la pista a esta prometedora historia que esperemos pronto salga a la venta.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Reseña: Necronomicón. El libro maldito de Alhazred



Existen en el mercado un gran número de ediciones que llevan por título Necronomicón, e intentan ser la reproducción más fiel posible respecto a la ficción que creara el escritor norteamericano H. P. Lovecraft como mito fundacional de gran parte de su literatura. Desgraciadamente muchos de estos Necronomicones son pobres productos literarios que poco o nada tienen que ver con el ideal lovecraftiano. Y realmente no podemos culpar a sus autores por ello. El mismo Lovecraft llegó a admitir en una de sus correspondencias, que escribir un Necronomicón como el que insinuaban sus cuentos era una labor realmente imposible, dado que el encanto de la obra radica realmente más en lo que se insinúa que en lo que puede plasmarse en papel.
      A pesar de ello, nos podemos encontrar con algunas versiones del Necronomicón, que a pesar de no ser tan “aterradoras” si alcanzan a cumplir con las expectativas del lector especializado en el tema. Uno de estos casos lo encontramos con Necronomicón. El Libro Maldito de Alhazred, escrito por Donald Tyson y publicado por la editorial EDAF. 



Desde la portada nos encontramos con algo que promete, una bien lograda ilustración a modo de encuadernación de texto antiguo con el nombre del libro en su versión griega en letras negras. Prologado por los ficticios Olaus Wormius y Teodoro Filetas, el libro nos narra a través de 58 pequeños capítulos los viajes que el poeta loco Abdul Alhazred realizara a través de Egipto y Arabia en busca de conocimiento arcano —principalmente de origen pre humano—, el cual a la postre no sólo lo llenaran de riqueza, sino que le permitirá la venganza de los agravios que sufriera en su juventud.
      El texto tiene la virtud de que puede leerse de forma continua, es decir, de principio a fin, o bien por capítulos, ya que estos son en sí mismo, salvo contadas ocasiones, pequeños relatos autoconcluyentes de aventura y fantasía. Y tal como es de esperar en un libro semejante, este no deja de ser un grimorio, por lo que a lo largo de la obra nos encontraremos con hechizos, invocaciones e ilustraciones que se muestran bajo la estética y contenido de los libros de brujería medievales.
      Sobra decir que las páginas están repletas de referencias sobre la cosmogonía creada por Lovecraft (Cthulhu, Azthoth, Yuggoth o Leng no pueden faltar en cualquier Necronomicón que se precie de serlo), e incluso en ciertos apartados podemos leer párrafos que el autor de Providence creara para aderezar sus cuentos.
      El libro es entretenido aunque quizá promete más que lo que llega a cumplir en términos de horror cósmico, aun así, es un producto de calidad. No es necesario ser allegado a la literatura lovecraftiana para poder leerlo, aunque serlo realmente ayuda y hace más agradable la experiencia. Sin duda es una buena opción para los que buscan una buena versión de la obra del poeta loco de Yemen y no quieren perder la cordura en el proceso.

Características
Titulo: Necronomicón. El Libro Maldito de Alhazred
Autor(es): Donald Tyson
Tema: horror cósmico, grimorio, fantasía
Editorial: EDAF
Edición: Segunda rustica
Año: 2010
ISBN: 978-84-414-2111-0
Paginas: 293
Precio: $224 (pesos mexicanos)

Lo mejor
Es una versión decente del Necronomicón, los prólogos y las ilustraciones le dan un aire de realismo-fantástico que enriquece el resto del contenido. Su lectura es sencilla y no se precisa de conocer a Lovecraft y su obra para disfrutarlo.
Lo peor
Se queda algo corto para ser literatura de horror cósmico y las ilustraciones no lucen tan bien ni causan tanto impacto como deberían.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Cuento: Natalia



A Natalia le pesa dar cada paso, aunque en realidad lo que le pesa es la vida misma. Depresión con tendencias suicidas, ese fue el diagnostico que el muy prestigiado (e imbécil) psiquiatra de Belmont le diera aquella mañana. Es sorprendente que no la retuvieran en el asilo tras semejante juicio, estupidez burocrática sin duda. Mejor para ella, no necesita de médicos ni fármacos, una salida, sí, una salida es lo que necesita, y el mundo está repleto de ellas. Tan sólo tiene que buscar una, una que no resulte particularmente dolorosa.
            Coloca mecánicamente un pie delante del otro, en algún lugar tiene que estar lo que busca, y es mejor que se dé prisa, el dolor, la miseria y el sufrimiento le son ya insoportables. La ciudad a su alrededor rebosa de obscuridad y locura. Sus pies se detienen ante la insípida fachada de un edificio, piensa que aquel lugar es tan bueno como cualquier otro y entra en él. Dentro todo es lúgubre y húmedo, el silencio acampa a sus anchas. Asciende por la sucias escaleras hasta el último piso, al final de un mal iluminado pasillo se topa con una puerta azul.
      Del otro lado una radio toca una canción que no alcanza a identificar, todo es silencio a excepción de la música. Sin saber por qué, toca la puerta con sus pálidos nudillos, la voz de un hombre surge del interior:
      —¡Acaba con ello de una buena y maldita vez! —dice—
      —Lo intento. —dice ella— Vaya que lo intento.
—¿Qué dices? No te escucho —replica él—.
—¡Lo intento, lo intento, maldición! —grita ella—.
—Oh, bueno, todo el mundo lo intenta. —responde él—
—Es que es tan… difícil. —se angustia ella—.
—Sí, sí, difícil. —concede él—.
—Usted… entiende. No hay maldad en lo que deseo.
—Entiendo niña, entiendo. ¿Acaso no estoy yo aquí desde antes de que llegaras?
—Tal vez… tal vez no sea tan malo en realidad, debe haber alguna razón para vivir.
—No. —niega él—. Una razón para no morir, eso sería lo más adecuado.
—Hace frio… ¿puedo entrar?
—Claro, pasa niña, pasa, la puerta está abierta.
La puerta se abre, Natalia entra, no hay nadie en el lugar, sólo una mesa donde una radio encendida guarda silencio, a su lado, un revolver cargado.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Cuento: Brujería



«Yo estaré aquí».
«Esperando por ti».
«Si vienes, me encontraras».
«Lo prometo».

Miguel despierta. El dolor es insoportable. Lentamente se incorpora de la cama, una oleada de dolor le obliga a doblar el cuerpo. Tambaleante se dirige al cuarto de baño, sin encender la luz abre la gaveta, frenético revuelve el contenido hasta hacerse de un pequeño frasco. Toma dos pastillas que coloca en su boca. Abre la llave del grifo utilizando sus palmas como recipiente. Bebe varios tragos y moja su cara. El fresco líquido parece calmarlo un poco. Cierra la llave dirigiéndose de nuevo a la habitación. Se desploma sobre la cama victima de una nueva oleada de dolor. Sujeta su cabeza con ambas manos revolcándose de agonía entre las sabanas. Poco a poco la medicina comienza a surtir efecto. Su mente es de nuevo capaz de crear pensamientos coherentes. Centra sus pensamientos en cosas comunes intentando distraerse mientras el dolor termina de desaparecer.
Pronto pasaría la crisis. Durante las últimas semanas los ataques habían aumentado su duración e intensidad. Su mente y cuerpo eran sometidos a sufrimientos que la mayoría desconoce y mucho menos soportaría. Desde los cinco años fue diagnosticada con migraña, veinte años después padecía la peor serie de ataques que podía recordar. Con el paso de los años los medicamentos comunes dejaron de surtir efecto, tuvo que recurrir a drogas experimentales contra el dolor que ofrecían tanto beneficios como maleficios. Afortunadamente para él, su trabajo como restaurador en un museo exigía poco y no era interferido por su padecimiento.
Veinte minutos después el ataque había terminado, su cuerpo perlado de sudor se haya agotado debido al esfuerzo. Se levanta lentamente con los miembros entumecidos. Abre una de las ventanas de su departamento con manos temblorosas, uno de los efectos de la droga. La fresca brisa golpea su pecho desnudo. El reloj digital sobre su buró marca las tres de la mañana. Un perro pasea indiferente por la solitaria calle. El andrajoso animal olfatea algo que lo pone nervioso. Con el pelo erizado lanza un aullido que hela la sangre antes de salir disparado totalmente enloquecido.
Miguel abandona la ventana y se sienta en la cama. Disfrutando de aquella calma enciende un cigarro, el humo que despide cobra extrañas formas que se retuercen intentando arañar la oscuridad. Cierra los ojos para no verlas.
Algo indeterminado y lejano lo llama desde la calle. Fingiendo no escuchar, Miguel termina su cigarro y se mete a la cama. Aquella voz sin sonido continúa su insistente llamado impersonal. El sueño comienza a apoderarse de él. La entidad no cesa en su empeño manifestándose directamente en sus pensamientos.

«Yo estaré aquí»
—¿Quién eres? —pregunta él—
«Esperando por ti»
—¿Por qué? —insiste—
«Si vienes, me encontraras»
—¿En donde?
«Lo prometo»
—¿Quién eres? —pregunta una vez más dentro de su mente—
«Lo prometo»

El despertador suena ruidosamente llevándose consigo aquellas palabras. Pero, ¿eran realmente palabras?, ¿acaso fue todo tan sólo un sueño?

2
Miguel abandona su departamento sin desayunar. Con un cigarro entre los labios emprende el camino rumbo a su trabajo. Durante seis meses había trabajado en el área de restauración del Museo Nacional, sepultado entre caballetes, yeso y oleos. Siendo un trabajo de habilidad y concentración, le permitía abandonarse en él, logrando con ello escapar del horror de la costumbre.
Pocos días antes le habían comisionado una serie de obras que trataban el tema de la brujería. Las esculturas, pinturas y grabados debían estar listos dentro de una semana para montar una exposición. La mayoría de las piezas se encontraban en perfecto estado, salvo dos o tres que necesitaban un poco de trabajo. Tanto las autoridades como los mecenas del museo se encontraban muy emocionados por la exposición, esperándola con ansias. Debido a ello no se había escatimado en gastos a la hora de conseguir las obras. El sesenta por ciento de ellas provenía de museos extranjeros, el resto pertenecía al acervo del MUNAL.
Siendo de carácter introvertido, a Miguel no le agradaba convivir con sus compañeros más allá de lo estrictamente necesario. A pesar de ello, realizaba bien su trabajo y sus colegas lo dejaban tranquilo considerándolo tan sólo un tanto extravagante.
Agotado por la mala noche, Miguel se coloca con pereza tras su mesa de trabajo. Ahí lo espera una magnifica reproducción de las Brujas de Goya. La imagen de aquellas marchitas figuras que lejanamente recuerdan la forma humana le desagrada bastante. Gustosamente cubriría aquel lienzo con alguna otra cosa, no obstante, su celo profesional le impide llevar a cabo dicha empresa. Rápidamente vierte un líquido limpiador sobre la tela que actúa en contacto con el aire eliminado la suciedad acumulada. Con sumo cuidado retira los residuos y coloca el cuadro dentro de una funda de fieltro.
Las horas siguientes se suceden en una incomoda somnolencia en cuyo tejido se confunden lo real con aquello que anida en el inconsciente. Presa de aquel sortilegio se ve de pronto confinado dentro de los muros de su habitación, desconociendo la identidad de la potencia que guió sus pasos hasta allí. Lentamente recobra conciencia de sí viéndose a sí mismo desnudo sobre la cama. Una angustia sin nombre anida en su pecho convenciéndolo de que aún vive, que sigue siendo huésped de este mundo.
Cierra los ojos permitiendo que la ubicuidad lo arrastre en sus negras aguas desprendiendo la carne de su espíritu. La nada se funde con él disolviendo la entidad que un día fuera. Inteligibles sonidos se arremolinan ante él reteniéndolo en los planos de la realidad. Poco a poco los sonidos forman palabras, las palabras una voz, una voz que lo llama a través de la oscuridad que lo devora.
«Yo estaré aquí»
«Lo prometo»
«Si vienes, me encontraras»
«Ven a mí»
 Impulsado por aquella voz, Miguel lucha por emerger de aquella tiniebla que lentamente lo digiere.
«Yo estaré aquí»
—Iré
«Si vienes, me encontraras»
—No sé cómo llegar.
«Hallarás el camino»
—No sé dónde encontrarlo.
«Él te encontrara a ti»
—¿Me esperaras?
«Lo prometo»

3
Miguel se descubre a sí mismo caminando por una oscura calle. Algo cercano al miedo recorre sus venas mientras el eco de sus pasos lo sigue amenazante. Por el rabillo del ojo percibe una silueta oscura que se mueve a su izquierda. Instintivamente acelera el paso. Aquella mancha negra imita sus movimientos acelerando su marcha, cada vez más cerca de él. Sin dejar de caminar, Miguel cierra los ojos para escapar de esta visión. Súbitamente detiene sus pasos. Una pregunta se forma inquietante en su mente: —¿Dónde estoy?—. Con sus ojos cerrados, el resto de sus sentidos se agudizan indicándole que no se encuentra en el mismo lugar, aunque lo sea.
De la nada surge un fétido olor que revuelve su estomago con su repugnancia. La temperatura desciende drásticamente obligándolo a reanudar la marcha. Temeroso, abre los ojos con incertidumbre. El frío se torna doloroso, su aliento se condensa creando pequeñas nubes. El olor se torna insoportable, emponzoñando el aire y la tierra. Un silencio mortal se apodera de la calle cuya extensión pareciera no tener final. Imbuido de un temor sobrenatural, Miguel comienza a correr para escapar de aquel lugar. En pocos minutos la carrera se convierte en un frenético escape.
Aquella maldita calle se repite a sí misma una y otra vez negándose a liberarlo. Una cosa sin nombre lo persigue lamiendo los contornos de su sombra, y el olor, ese pútrido olor.
La fatiga comienza a hacer estragos en él. Justo cuando pensaba en detenerse para recuperar el aliento, distingue en la lejanía una figura que se acerca corriendo. Feliz de encontrarse con alguien acelera el paso, para su sorpresa, aquella figura hace lo mismo. Poco a poco su esperanza se desvanece cuando, en un lapso de locura, se ve a sí mismo corriendo hacia él. Desolado, detiene su carrera presa de la desesperación y la demencia. El frío y la pestilencia lo rodean con renovada fuerza formando una repulsiva neblina que lo sofoca, un horror cósmico se apodera de él.
Lo que sucedió a continuación bien podría atribuirse a una alucinación o al intenso desgaste físico y mental, aun así, Miguel podría jurar que de aquel vapor insano se materializa una fría y afilada mano que lo sujeta del hombro. Aquella inhumana garra se hunde profundamente en su carne provocándole dolor y repugnancia hasta que un piadoso desmayo se apodera de él.


4
—Miguel, despierta. —la dulce voz que lo llama lo arranca de su sueño. Miguel despierta descubriéndose en una mullida cama—.
—¿En donde estoy?
—En donde te prometí esperarte. —Miguel reconoce aquella voz, pero desde su posición no es capaz de ver a su interlocutora—.
—¿Quién eres?
—Quien prometió esperarte.
—No comprendo. ¿Qué hago en este lugar? ¿Qué quieres de mí?
—Estas en este lugar porque te necesito aquí.
—¿Por qué yo?
—¿Por qué tendría que ser otro?
—¿Pero por qué yo?
—¿Tanto te cuesta creerlo?
—Es que yo soy…
—Eres lo que eres, no más, no menos. Eso me basta.
—Si es así, ¿por qué te ocultas?
—No lo hago, tú no estas seguro de querer verme.
—Lo deseo, permíteme verte.

Un silencio expectante se hace entre ellos. De pronto, aquella voz cobra forma en el cuerpo de una bella y joven mujer cubierta con una túnica negra cuya delgada tela revela tímidamente las formas de su cuerpo. La física de aquel lugar se torna caprichosa al modificar su iluminación y acústica.
Miguel siente que el calor vuelve a su cuerpo mientras aquella fascinante figura se desliza ante él con suaves movimientos. De pronto, toda duda y temor se desvanecen cuando ella se desprende de su ropa revelando su desnudes. Con dolorosa lentitud se acerca a él colocándose a horcajadas sobre su cuerpo. Sin dar crédito a su situación, Miguel permite que aquella hermosa mujer tome su rostro con ternura y lo coloque en su pecho palpitante. Gustoso se hunde más y más en aquellos redondos senos, queriendo inundar sus pulmones con el olor de su carne. En un instante ambos yacen desnudos sobre la cama devorando el cuerpo del otro con cada sentido. Intoxicado de ella, Miguel sucumbe al arrebato que lo lleva a invadir el cuerpo de aquella bella hechicera, quien a su vez se entrega con dulzura humedeciendo su carne con el rocío de sus interiores. Presas del más íntimo abrazo los amantes se abandonan al frenesí que los consume perdiendo el control de sus caderas. Cada uno se aferra al otro con desesperación con la absoluta certeza de que más allá de ellos no hay nada.
El éxtasis los sorprende en una explosión de sensaciones que borran todo rastro de individualidad, uniéndolos en una comunión en la que cada uno se reconoce en el otro. Exhaustos se desploman en la cama reticentes de abandonar aquella otra piel. La bella joven descansa su húmedo y trémulo cuerpo sobre Miguel, sus perfumados cabellos se enredan alrededor impregnando el aire con su dulce fragancia.
—¿Qué sucederá hora? —pregunta Miguel temeroso de perder aquel momento—.
—Lo que tenga que ocurrir. —responde ella sin vacilar—.
—¿No lo sabes?
—¿Cambiaria algo si te dijera que sí?
—… supongo que no.
—Pero aun dudas, no dices realmente lo que piensas.
—Este no es el final del camino.
—Realmente no existen los finales.
—¿Debo continuar?
—No puedo responder eso.
—¿Por qué?
—Porque ya lo has decidido.
—¿Iras conmigo?
—Debo permanecer en este lugar. Me necesitas aquí.
—Donde siempre me esperaras.
—Lo prometo.


5
Miguel despierta. El dolor es insoportable. Lentamente se incorpora de la cama, una oleada de dolor le obliga a doblar el cuerpo. Tambaleante se dirige al cuarto de baño, sin encender la luz abre la gaveta, frenético revuelve el contenido hasta hacerse de un pequeño frasco. Toma dos pastillas que coloca en su boca. Abre la llave del grifo utilizando sus palmas como recipiente. Bebe varios tragos y moja su cara. El fresco líquido parece calmarlo un poco. Cierra la llave dirigiéndose de nuevo a la habitación. Se desploma sobre la cama víctima de una nueva oleada de dolor. Sujeta su cabeza con ambas manos revolcándose de agonía entre las sabanas. Poco a poco la medicina comienza a surtir efecto. Su mente es de nuevo capaz de crear pensamientos coherentes. Centra sus pensamientos en cosas comunes intentando distraerse mientras el dolor termina de desaparecer.
Súbitamente todo vuele a él. La voz sin cuerpo, el cuadro de las brujas, el callejón oscuro y su maldad añeja, el aroma de ella. Su mente racional le lleva a creer que todo ello fue producto de su imaginación, un sueño quizás. Pero algo más profundo, más antiguo le indica lo contrario. Sí, todo fue real, la oscuridad, el miedo, el cuerpo de ella. ¿Cómo regresar a ello? ¿Cómo volver a su lado? Tal vez sea cierto que no existen los finales, sólo aquello que recogemos en el camino, un nombre, un nombre que repite en su mente y se instala en sus labios… Casilda, Casilda.