miércoles, 31 de octubre de 2012

Los que caminan (septima parte)



                                         XII
Setenta minutos después de la última grabación…
Esos desgraciados continúan afuera. Gimen y golpean, gimen y golpean. ¡Malditos sean!

                                        XIII
Tres horas después de la última grabación…
¡Dios! ¿Es que esos monstruos no se cansan jamás? He intentado dormir un poco pero sus constantes embates me lo han impedido. Comí un poco de jamón enlatado pero me revolvió el estomago, tengo la garganta seca. Y esos malditos que no se van.
XIV
Siete horas después de la última grabación…
Me volveré loco, me volveré loco si continuo escuchando esos gemidos. Tengo que salir de aquí. Pero si lo hago me estaré arrojando a los brazos de esas criaturas. No puedo continuar. Tengo la pistola en la mano y el cañón apunta hacia mí. Tengo miedo, pero esos gemidos, ¡esos malditos gemidos!


XV
Una hora después de la última grabación…
Estoy vivo, y libre. El sol comienza a ocultarse entre los rascacielos. La ciudad huele a humo y muerte. Estoy vivo, pero… Dios, desearía no estarlo.
      Justo cuando mi desesperación había llegado al límite coloque el cañón de la automática dentro de mi boca, listo para jalar el gatillo antes que seguir escuchando a esas cosas. Entonces la vi. Allí, en la esquina entre el muro y el techo, una rejilla de ventilación. No sin poco esfuerzo logré retirarla e introducirme en ella. El ducto era estrecho y amenazaba con derrumbarse por mi peso, pero resistió, en poco tiempo me encontraba en una nueva oficina. Los golpes y gemidos se escuchaban aún, así que decidí continuar por los ductos hasta encontrar una salida. Tras varios minutos de polvo y telarañas di con ella antes de que la claustrofobia hiciera presa de mí. Libre de aquel lugar maldito continúe caminando. Esta vez hacia Central Park.
Si queda algún lugar seguro en la ciudad ese debe ser Central Park, así que hacia allí me dirijo. Los helicópteros decían que allí estaría el punto seguro, allí debe haber militares, alimento y electricidad.
      Cada paso es más difícil que el anterior, las calles desiertas son terribles, aterradoras. Hay automóviles abandonados por todas partes, yacen como caparazones vacios, algunos tienen los parabrisas rotos, otros tienen manchas de sangre en su interior. ¿Qué ha sido de toda esa pobre gente? Los edificios permanecen a obscuras y en silencio, mudos testigos del horror cadavérico que azota la ciudad.
      Aquellas cosas deambulan por todas partes, caminan sin rumbo, chocando entre sí o contra autos y edificios, por ello he decidido nombrarlos así, «los que caminan». Algunos me descubrieron y se dirigieron hacia mí con sus brazos extendidos y sus bocas babeantes. Son muchos, pero son lentos y es fácil esquivarlos. Tuve que usar mi arma en un par de ocasiones para librarme de algunos de ellos. Grave error. Las balas no los detienen, y algunos se vuelven sumamente agresivos con el ruido. Estos no son lentos como los otros, son rápidos, son fuertes, los impulsa una rabia terrible. Los llamo «trotadores» para diferenciarlos del resto.
Por ahora descanso en un almacén abandonado. He bloqueado las puertas y ventanas con los anaqueles. He comido y bebido hasta la saciedad. Central Park queda a tan sólo pocas calles de mi posición. Pero estoy demasiado cansado como para continuar por ahora, además, ya ha obscurecido. Descansare algunos minutos más y entonces seguiré adelante. Algunos de los que caminan me han escuchado y se comienzan a amontonar afuera del almacén. Espero que las barricadas soporten. He aprendido mucho de ellos, sé que no son listos, ni fuertes, pero en grandes números son un serio peligro. Tienen una determinación infernal, no descansan, no duermen. Si uno te detecta te persigue sin detenerse.
¡Maldición, han entrado! ¡Tengo que salir!
…son demasiados, no puedo esquivarlos… maldito… ¡apártate de mí!
¡Dios, no! ¡Hay trotadores…!

domingo, 28 de octubre de 2012

Los que caminan (sexta parte)



                                   X
Cinco minutos después de la última grabación…
Justo en este momento subo los peldaños de la escalera. Grabo esto para escuchar mi propia voz y ayudarme a vencer el miedo. La luz de mi lámpara no alumbra tanto como me gustaría, pero tendrá que bastar. La palma de mi mano está tibia y húmeda en el área que envuelve la empuñadura del arma. Un objeto cae pesadamente unos metros delante de mí. ¡Dios, es una de esas cosas, no, son tres, y vienen hacia aquí…!

XI
Quince minutos después…
Logré escapar. Esos monstruos son lentos, demasiado lentos, con suficiente espacio es fácil esquivarlos. Ahora me encuentro dentro de una oficina que gracias a Dios se encontraba abierta. Empotre la puerta con un escritorio y un archivero. Aquellas cosas parecen no tener suficiente inteligencia como para intentar abrirla, tan sólo golpean una y otra vez la madera y gimen, siempre gimen. Estoy a salvo, pero encerrado, únicamente hay una salida y ellos están allí. Quizá si espero lo suficiente esas cosas se irán.

jueves, 25 de octubre de 2012

Los que caminan (quinta parte)



VIII
Cincuenta y tres minutos después de la última grabación…
Todo sucedió tan rápido que apenas puedo creerlo. Cuando llamaron a la puerta acudí con la esperanza de encontrarme a alguien con quien hablar de lo que sucede. ¡Dios, cómo deseo ahora no haber abierto la maldita puerta! Ansioso por encontrarme con alguien no observe por la mirilla como de costumbre y abrí la puerta de par en par. Al otro lado me esperaba una joven mujer de piel sumamente pálida que lucía una fea herida en una de sus piernas. Apenas podía mantenerse en pie. Impactado por su demacrado aspecto le pedí que entrara a mi departamento y me contara lo que le había sucedido, pero ella no pronunció palabra alguna, tan sólo emitía un leve gemido que yo atribuí al dolor que debía causarle la lesión de su pierna. Como permanecía inmóvil en el umbral de la puerta la tomé por el brazo para hacerla entrar, su piel estaba extremadamente fría y aparté no sin algo de repugnancia mi mano de aquella gélida piel. Aquello provocó una reacción en la mujer, quien alzó su rostro para mirarme. ¡Dios, aquella mirada salvaje y sin alma jamás la podre olvidar!
      No sé bien que sucedió después, para cuando recobre la noción de las cosas, los dos estábamos forcejeando en el suelo. Yo luchaba con todas mis fuerzas por liberarme de la presión de su frio y rígido cuerpo, mientras que esa cosa mordía con ansiedad el aire en busca de mi cuello. Ignoró cuanto duró esa angustiante situación, en ese momento tan sólo era consciente de que me debilitaba cada vez más y que aquella mujer no parecía agotarse de sus salvajes intentos de morderme. Finalmente, haciendo acopio de todas mis energías logré empujarla con suficiente fuerza como para apartarla de mí. De inmediato me puse de pie y retrocedí hasta una de las paredes sin dejar de observar con miedo y repugnancia a esa cosa que se afanaba torpemente por ponerse de pie. Cuando aquello por fin logró incorporarse yo ya estaba del otro lado de la habitación empuñando mi automática y con ella le ordené que permaneciera lejos de mí. La visión del arma no la amedrentó lo más mínimo y volvió a acometer en mi contra. Con temor puse ambas manos en el mango de la pistola, cerré los ojos y accioné el gatillo hasta vaciar el cargador. Cuando abrí los ojos aquella cosa yacía en el suelo de madera convulsionándose salvajemente. ¡La maldita seguía con vida! Aterrado coloqué un nuevo cargador y me dispuse a disparar de nuevo. Aquella cosa me miraba con odio y ansiedad, una rabia indecible asomaba a su mirada. Pronto pararon los espasmos de ese pútrido amasijo de carne, tan sólo permanecía esa mirada. Comprendí que uno o más de mis tiros le había destrozado la columna vertebral dejándola inmóvil. Sin embargo, no me iba a quedar para averiguarlo, así que tomé mi mochila junto con una linterna y abandoné el departamento.
      Vagué durante algunos minutos por las vacías y obscuras calles de la ciudad con mi arma lista en la mano, sobresaltándome al menor ruido. No sabía a dónde ir, no sabía donde seria seguro estar, así que camine hasta llegar a una estación de policía. Lleno de alegría atravesé las puertas de madera esperando encontrar allí mi salvación, pero sólo el silencio y la obscuridad me esperaban dentro. Me siento agotado, creo que descansare en uno de los sillones que vi en otra habitación.


                                        IX
Dos horas después de la última grabación…
Debí dormir durante algunos minutos, Dios sabe que lo necesitaba después de lo que ocurrió en mi departamento. Tras despabilarme comencé a analizar mis opciones, regresar a mi casa estaba descartado, no sólo porque aquello seguía allí, sino porque en mi carrera había dejado la puerta abierta e ignoraba que más podría encontrarme. Podría quedarme en la estación a esperar que los policías regresaran y encomendarme a su protección, pero cuánto tiempo tendría que esperar para ello era algo que desconocía. Aún así, asumí que esperar era mi mejor opción por el momento. Pronto la espera se volvió insoportable, así que para ocupar el tiempo decidí explorar el lugar, quizá, sólo quizá, lograra encontrar a alguien más refugiado en aquel lugar abandonado. Los primeros minutos de búsqueda fueron infructuosos, únicamente habitaciones vacías y mobiliario abandonado, ni el menor indicio de vida por ninguna parte. Tras atravesar algunos cubículos con las puertas firmemente cerradas llegué a una enorme sala en cuyos muros colgaban anuncios y oficios de diversa índole, sillas de madera y escritorios abarrotados de documentos componían todo el decorado. Aquella debía de ser la sala de espera. Dirigí el haz de mi lámpara por los muros y descubrí algo que me heló la sangre, aquí y allá encontraba pequeños agujeros acompañados de manchas marrones informes. Por todo el suelo se encontraban casquillos de diversos tamaños. Me incliné para recoger alguno de ellos y mis dedos se toparon con un fluido espeso y viscoso, sangre. En aquel lugar debió darse una batalla entre la policía y aquellas criaturas. Me sorprendió sobremanera no encontrar ningún cuerpo, como si uno y otro bando hubieran recogido a sus caídos tras la batalla.
De nuevo vuelvo a escuchar ruidos en la planta alta. Sonidos ásperos y reverberantes que se repiten cada cierto tiempo. No reúno el valor suficiente para subir esas tétricas escaleras, pero tarde o temprano tendré que hacerlo.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Reseña de Cuando Susanah llora



No me gusta comenzar así una reseña, pero debo decirlo, no me encantó el libro. La idea y el planteamiento son interesantes, pero conforme avanza la historia se puede ver que sólo se queda en eso, una propuesta interesante que no termina de cuajar.
Un grupo de sobrevivientes se atrincheran en los restos de un pueblo llamado Rotten (podrido en ingles), mientras los zombis rondan fuera de él (si estos lo hacen por la región, el país, el continente o el mundo, es algo que no me quedo nunca claro). Y sobreviven gracias a que una bebe es capaz de advertirles de la proximidad de los no muertos mediante el llanto. 


Una vez que esto queda establecido, la historia es un constante ir y venir de (demasiados) personajes, muchos de los cuales duran tan poco en escena que no nos permiten identificarnos con ellos y no logran, en general, enriquecer la trama.
Quizá fuera que no pude leer la historia con mucha constancia (no logró atraparme lo suficiente para ello), pero en cada lectura me confundía tanta aparición y desaparición de personajes, así como la forma de intercalar la narración entre tantos, al grado de que tenía que regresar a paginas anteriores para recordar de que personaje en concreto se trataba.
Pero no me malinterpreten, el autor es bueno en lo que hace, el uso del lenguaje y las figuras literarias que emplea son realmente buenas, incluso algunas de ellas magnificas, tan sólo me parece que la manera en que decidió contar la historia no fue la más adecuada. A pesar de ello sí la recomendaría, pero fans del género la disfrutaran mucho más que el lector casual.

Características
Titulo: Cuando Susanah llora
Autor(es): J. J. Castillo
Tema: terror, zombi
Editorial: Dolmen (Línea Z)
Edición: Primera, rustica
Año: 2011
ISBN: 978-84-15296-o6-5
Paginas: 310
Precio: $265 (pesos mexicanos)

Lo mejor
La historia no deja de tener su encanto, algunos personajes son interesantes, el uso del lenguaje y las figuras literarias son de gran nivel.

Lo peor
No aporta nada al género. El autor maneja tantos personajes que es difícil llevarles la pista a todos, la mayoría de ellos pasan (y mueren) sin pena ni gloria. Hay ciertos huecos y vacios en la trama que el autor no llena del todo. No engancha pronto la historia y puede llegar a ser confusas por la intromisión de tanto personaje y los ya mencionados huecos argumentales.