martes, 27 de agosto de 2013

Reseña: Nacemos muertos




Hace algunos años tuve brevemente como alumna a una bella y simpática joven, la cual, junto con su familia, se vio obligada a abandonar su hogar en Veracruz para preservar su integridad física. Historias como aquella no eran comunes para mí, al menos no en contextos en los que no había una guerra de por medio.
      Por aquel entonces no lo sabíamos; se murmuraba, pero no creíamos estar en guerra. Al menos no en una convencional, con los bandos bien definidos haciendo alarde de sus fuerzas y con sus objetivos del todo visibles.
Sí, México pasó (¿pasa?) por una guerra para la que francamente nadie estaba preparado, cuyas repercusiones se presume duraran al menos una década más en asimilarse. No voy a profundizar en el tema, sinceramente no me apetece hacerlo, pero esta escueta aunque puntual introducción me era necesaria para hablarles del libro que hace poco acabo de terminar: Nacemos muertos.
Nacemos muertos es la tercera novela de la escritora Ana Colchero, y es en sus propias palabras su trabajo más personal. Semejante afirmación podría parecer superficial o pretenciosa, sin embargo, en este caso me parece que se trata de una aseveración más que justa.
En el libro, que bien podríamos definir como realismo crudo, se nos narra la historia de una familia mexicana común y corriente que celebra una de las fiestas más representativas de nuestra cultura, los quince años de su hija, la cual, sin que nadie de los involucrados tenga conocimiento previo de ello, será el detonante de una serie de eventos desafortunados que trastocaran su vida y la de algunos de sus conocidos más cercanos, desnudando poco a poco, de forma cruda y sin tapujos, parte de la triste realidad a la que muchas familias son arrojadas en medio de la guerra contra el narcotráfico.


      Respetando las distancias y con el respeto que ambas obras me merecen, no pude evitar hacer un paralelismo entre las primeras líneas de Nacemos muertos y el inicio de el Padrino.  Por supuesto, los Mancera y Corleone no podrían ser más diferentes, pero ambos nos recuerdan que la familia es un núcleo social sumamente vulnerable, y, paradójicamente, fuerte en esa misma vulnerabilidad.
      Respecto a personajes tengo que decir que cumplen, son sólidos y creíbles, carecen de adornos y matices innecesarios. Eso no quiere decir que sean planos y carentes de vida, todo lo contrario, son sumamente expresivos, aun y cuando no demuestren expresión o una emoción concisa en algunas situaciones (ya saben, no responder es en sí mismo una respuesta).
La descripción de escenarios no es compleja, aunque basta para hacer una ambientación adecuada a las diferentes situaciones por las que pasan los protagonistas, lo cual es sin duda acertado, pues no le resta ritmo ni presencia a lo verdaderamente importante en la trama.
En conclusión, Nacemos muertos es una lectura cruda, reveladora y en ocasiones algo incomoda, pues nos llama la atención sobre aquella parte incomoda de la realidad, que por más desdeñable que sea no deja de estar inoportunamente allí, a la espera de poner a prueba nuestra resistencia, nuestros principios y nuestra lealtad a los nuestros.
Una obra bastante recomendable que, desgraciadamente, dice mucho de nuestra época.

Características
Título: Nacemos muertos
Autor(es): Ana Colchero
Tema: realismo crudo/drama
Editorial: Né Mort
Edición: Primera, rustica
Año: 2013
ISBN: N/A
Páginas: 215
Precio: $265 (pesos mexicanos, disponible en la página personal de la autora)

Lo mejor
Su buena y bien cuidada estructura narrativa. El tratamiento directo y sin tapujos de un tema delicado que no por ello debe descafeinarse.

Lo peor
Algunos lectores no mexicanos podrían perderse entre tanto localismo y particularidades de la idiosincrasia mexicana, nada que un diccionario o motor de búsqueda en línea no pueda resolver.

lunes, 26 de agosto de 2013

Algunas palabras sobre la presentación de La Espada de Damocles




Con algo de retraso, pero aquí lo tienen. El pasado sábado 17 de agosto tuve se dio la presentación de mi primer obra literaria en solitario, una novela negra y de intriga llama La Espada de Damocles. No diré que fue un evento multitudinario, pero al ser una ciudad pequeña y no muy dada a ese tipo de actividades, puedo decir que fue un éxito.


En la mesa tuve el apoyo de mi amigo y colega Gabriel Lagunes, quien dio una muy buen charla sobre lo qué es la literatura negra y cómo es que esta se diferencia de la policiaca. Y aunque confesó no saber mucho del tema, dio una muy buena disertación que poca o ninguna duda dejo entre los asistentes.


Y por supuesto, tuve la oportunidad de firmar y dedicar algunas copias de la obra.


Quizá algunos no estén de acuerdo con esto, pero me parece que las presentaciones son en efecto útiles y necesarias, no sólo porque permitan la compra-venta de la obra, sino porque sirven para acercar al autor con sus lectores (o posibles lectores), mejor aun cuando entre estos se da un dialogo y no solo un comunicado unilateral.


En definitiva, toda una experiencia bastante significativa que pasé al lado de amigos, familia, ex alumnos, colegas y rostros nuevos.

martes, 20 de agosto de 2013

¡Feliz cumpleaños, Lovecraft!



El día de hoy se celebra el nacimiento del escritor norteamericano H. P. Lovecraft, el maestro de Providence a quien en parte (gran parte sin duda), le debo el día de hoy dedicarme a la literatura.
No recuerdo qué edad tenía cuando leí la primera de sus historias, tampoco recuerdo qué me llevó a comprar uno de sus libros. Pero sí que recuerdo que La llamada de Cthulhu fue el primero de sus relatos que leí, seguido por Herbert West. Reanimador.
¿Qué descubrí en ese autor que no había encontrado en ningún otro anterior? Bien, francamente no lo sé. Tal vez fuera el terror cósmico que se destila por sus letras, o su prosa sencilla pero más que suficiente para meter en escena creaturas y situaciones que, sin develar todo, siembran en nosotros la semilla de un horror que no se parece a ningún otro.
Pasan los años y continúo maravillándome con la pluma de ese hombre, y sigo pensando que la literatura (no sólo la de terror) le debe una deuda que difícilmente podríamos pagarle.
No digo más, no me parece que sea necesario, su obra, así como la de quienes la siguen cultivando y enriqueciendo al día de hoy, me parece que dice mucho más que cualquier disertación que éste servidor pueda escribir. Únicamente debo darle la razón al maestro, y coincidir con él en que: «No está muerto lo que eternamente puede yacer. Y con el paso de los eones, hasta la muerte puede fallecer».
¡Feliz cumpleaños, Howie!

sábado, 17 de agosto de 2013

Relato: Víctor



Bueno amigos, en unas horas comenzará la presentación de mi primera novela publicada: La Espada de Damocles. Pero para aquellos que no puedan acompañarme en tan significativo evento, comparto un pequeño relato steampunk. No tiene nada que ver con la novela, pero aun así me gustaría compartirlo como agradecimiento por todo el apoyo y la buena voluntad que he recibido en estos días.



Víctor


Víctor observa al ave en la ventana con algo cercano a la fascinación. Cierra los ojos y permite que su suave canto lo transporte a mundos más allá de los cuatro muros de su habitación. Mundos desconocidos llenos de maravilla y encanto.
      Jamás ha salido al exterior, sus padres se lo tienen terminantemente prohibido, y aunque no entiende el porqué de aquella negativa, él sabe que debe aceptarla y obedecerla. Después de todo, papá Charles y mamá Ada lo adoran y cuidan de él de forma encomiable.
Sabe que es sumamente afortunado, ya que bien podría compartir el mismo destino de los muchos niños callejeros de Londres, a los que tantas veces ha visto a través de la ventana de su habitación. Niños tristes y silenciosos. Al menos eso tiene en común con ellos. Pues desde que naciera, Víctor ha sido completamente mudo, nunca sonido alguno ha brotado de su boca. Lo que no le molesta demasiado, ya que fuera de sus padres, jamás ha convivido con otro ser humano.
      Si se lo permitieran, Víctor pasaría todo el día mirando fuera de su ventana, pero como todas las mañanas, mamá Ada entra a su habitación y lo saluda con un largo beso en la mejilla, que siempre viene acompañado por un mimo cariñoso en su espalda. Tras ese amoroso gesto, Víctor sabe que debe bajar a la cocina y ayudar a mamá Ada a preparar el desayuno, para después ir con papá Charles a su taller y ayudarle con sus máquinas. Porque sucede que papá Charles es un tipo de inventor, uno bastante prolífico, dada la cantidad de engranajes y artilugios, en diversos estados de desarrollo, que atestan el lugar.  
De vez en cuando mamá Ada trabaja con ellos en el taller, siempre abriendo cuidadosamente pequeños agujeros en delgadas tarjetas de madera y cobre. Aunque Víctor no comprende el trabajo de sus padres, sabe que es muy importante y que no debe hacer nada que lo obstruya o dificulte.
      En ocasiones sus padres salen a la calle, pero Víctor sabe que no puede acompañarles, que tiene que quedarse en casa y hacer sus tareas como si ellos estuvieran ahí. Cuando eso sucede, se siente muy solo, pero sus padres lo aman y regresan al poco tiempo, siempre trayendo cajas con suministros y paquetes de correo.
      Por las noches no puede dormir, así que se sienta en su cama y mira por la venta de su habitación, viajando con el pensamiento a lugares que nunca ha llegado a ver, pero que sin duda no le molestaría llegar a visitar algún día. Entonces amanece, entra mamá Ada con sus mimos y el día comienza de nuevo.
      Un día en particular, nota que su madre se tarda más de lo acostumbrado en entrar a su habitación, lo que provoca en su interior una especie de crudo desasosiego. Cuando finalmente aparece, Víctor puede notar que camina lenta y encorvada. Al acercar su rostro al suyo, lo nota cansado, lleno de delicados surcos que serpentean por doquier. Su cabello también ha cambiado, de negro brillante a un gris opaco que lo entristece. Su beso todavía es cariñoso, pero ya no es tan firme ni prolongado. Aún así es bienvenido.
Una vez en la cocina, papá Charles se une a ellos. Él también luce diferente. Ha perdido casi todo su cabello y su estomago se ve abultado. Su andar es torpe, por lo que se vale de un bastón para ayudarse. Ambos lucen tristes y muy, muy cansados, pero para él siguen siendo sus padres y por ello los continua amando, no importa como luzcan.
Aquella noche papá Charles se desploma dolorosamente en el taller, luce enfermo. Asustada, mamá Ada le pide que la ayude a subirlo por las escaleras y sola entra con él a la habitación que comparten, y a la cual Víctor jamás ha entrado, pues sabe que no debe hacerlo. No vuelve a saber de ellos por lo que resta de la noche.
La mañana siguiente es diferente a todas las demás, pues varios desconocidos entran y salen continuamente de la casa, algunos lo hacen cargando un gran cajón de madera. Mamá Ada sale con ellos, pero sin olvidar darle el consabido beso y la caricia en su espalda.
Ella se ausenta todo el día, no la ve regresar hasta bien entrada la noche, lleva un elegante vestido negro y es escoltada por dos mujeres de aspecto solemne que visten del mismo color. Ella las despide educadamente al llegar a la puerta. No sube a verlo, pero no le preocupa, porque sabe que la verá a la mañana siguiente.
Por más que avanzan las horas, mamá Ada no se presenta. De nueva cuenta siente dentro de sí esa terrible sensación de desasosiego, como si algo muy importante le hiciera falta y no supiera precisar qué. Tras un largo tiempo toma la decisión de no esperar más. Sale de su habitación y despacio baja las escaleras. Todo se encuentra en silencio. Entra a la cocina y la descubre vacía, lo mismo que la estancia y el pequeño despacho donde se guardan los libros. Con cautela abre la puerta del taller, pero fuera de las maquinarias y su constante traquetear, no encuentra nada.
Confundido, se pregunta si sus padres habrán salido sin que él se percatara de ello, pero rápidamente descarta la idea, mamá Ada jamás se iría sin antes pasar a verlo. Pero ya ha registrado toda la casa sin encontrar el menor rastro. Mejor dicho, “casi” toda la casa. Aún hay un lugar en donde no ha mirado: la habitación de sus padres.
Él sabe que bajo ninguna circunstancia debe entrar en ese lugar, pero al final decide que tiene que hacerlo. No le sorprende que la puerta ceda sin dificultad, después de todo sus padres confían en él, y aunque lamenta quebrar esa confianza, decide que es lo mejor. Dentro descubre que mamá Ada está aún en cama, tiene los ojos cerrados y aferra con firmeza un retrato de papá Charles, de quien no ve la menor señal.
Despacio y sin hacer ruido se acerca a su madre e intenta despertarla, pero a pesar de todos sus esfuerzos no consigue que ella abra los ojos. Lo único que se le ocurre entonces es subir a la cama y tenderse junto a ella.
Los minutos pasan rápidamente y se convierten en horas, para cuando Víctor se da cuenta ya ha atardecido y los últimos rayos del sol se cuelan por la ventana. Sucede entonces que un resplandor centellea en un rincón de la habitación, justo al lado del gran ropero de madera de pino. Intrigado por aquello, baja de la cama y se sitúa delante de aquel brillante objeto.
Justo en ese preciso momento ocurre una serie de eventos que cambiaran para siempre su existencia. Para empezar, el objeto en cuestión es algo que jamás ha visto, se trata de una especie de vidrio, el cual es capaz de duplicar en su superficie todas las cosas que se colocan frente a él. Pero a pesar de lo impresionante que eso pueda ser, una de aquellas imágenes duplicadas es lo que captura toda su atención.
Si se viera obligado a describirla, diría que se trata de una figura con forma, estatura y apariencia de niño, sólo que no se trata de un niño, no de uno real al menos, pues en donde debiera de haber piel y musculo hay una amalgama de metales, engranajes y pistones, aunque quizá lo más perturbador de todo sea la gran llave de cuerda que sale de la espalda de aquel niño simulado.
Entonces Víctor lo comprende todo. Él es una máquina, una de las muchas creaciones de papá Charles, algún tipo de complicado juguete al que mamá Ada daba cuerda cada mañana tras la cubierta de un tierno beso. En posesión de aquella verdad abandona el cuarto de sus padres, sin olvidarse de agradecer el cariño que le profesaron, y sale de su hogar para no regresar jamás.
Ignora cuánta cuerda le resta aún a su mecanismo, pero ya que es incapaz de alcanzar con sus brazos la llave de su espalda, es algo que no le interesa. Lo único importante es elegir un camino (cualquiera le será útil) y seguirlo hasta donde le lleve, el resto, no tiene la menor importancia.